miércoles, 10 de julio de 2013

Lo que hace a un sabio

Ejercicio: Galletita de la fortuna
Escribir un relato con la frase que te toque en la galletita de la fortuna china.
Me tocó: “Tres simples zapateros hacen un sabio”.

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Lo que hace a un sabio

—Tres simples zapateros hacen un sabio.
Me dice el chino, y no he podido evitar sonreír. Sabía que habla boludeces, pero que me salga ahora con estos refranes es el colmo. Por supuesto, siempre se veía a sí mismo como alguien superior, altivo, y tenía estas salidas. Pero esta vez no me callé, supe cómo replicar:
—Sí, y tres tristes tigres comen trigo en un trigal; forro.
¡Tomá! Li se queda mudo. Me mira con los ojos bien abiertos. Bueno, eso intenta, hace lo que puede por abrirlos, digamos, y siempre parece que esta dudando de nosotros, estrechando así los párpados. Mi vieja me decía que eran así de nacimiento; pero a mí que no me jodan, estos son más desconfiados que mi tía Petunia. Ah, ¡Petunia! ¡Qué guisos que hacía la vieja! De solo pensarlo se me hace agua la boca. Uh, hablando de boca, ¿cómo habrá salido el partido?
Bueno, este chino me hace perder el tiempo, ahora tengo que esperar para saber si tiene algo que responder.

domingo, 16 de junio de 2013

La Dragona Delivery

Dado el segundo aniversario del Dragón Lector, el círculo de lecto-escritura del que formo parte en el foro fantasiaepica.com, se propuso un regalo por parte de los usuarios con un relato usando dos o tres de los siguientes personajes (propuestos por los miembros más antiguos del dragón):

PERSONAJES
Azajáris: Un extraterrestre que le gusta comer manzanas rojas.
Junior: Una dragona llamada Azajáris con más paciencia que un santo.
Orco: Un mago al que le gusta la comida rápida y que siente una gran pasión por el travestismo.

Les presento entonces, lo surgido con tales personajes:

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Cumpleaños del Dragón Lector: La Dragona Delivery

—Llegaste en un mal momento, Alfred —dijo con voz gruesa la voluptuosa rubia cuando se abrió la puerta, y un extraño ser se asomó por ella.
—Errmmmmm... —Fue lo único que atinó a gesticular al ver a su socio, aquel con el que hizo tantos trabajos dispares a lo largo de su carrera, sacándose el vestido de dama victoriana color “amarillo patito”.
—¡Bueno, pero como si no hubieras visto algo así en tu mundo! Ahora, no te quedes así; con esa cara de bobo, y vení a ayudarme con el corset.
Alfred, o “el alien” para los vecinos; un extraterrestre verde, redondo y con un gran ojo en el medio, se atragantó con el pedazo de manzana roja que venía masticando. La repugnancia que sentía era total. Quizás suene exagerado, pero ver a un un hombre gordo y sobradamente velludo, con fieros bigotes mal cortados, peluca rubia con rulos que hacía acordar a los jueces ingleses del parlamento, y un corset —que le ajustaba jodidamente la panza— acompañado por unas bragas demasiado pequeñas para guardar... bueno, para guardar lo que tenía que guardar, y disculpen la repetición pero me da retorcijones seguir describiendo esta imagen.

jueves, 23 de mayo de 2013

Lo primero que te viene a la mente es...

Este fragmento lo escribí durante un ejercicio del taller literario, en el que teníamos diez minutos como límite y bajo la siguiente consigna:

Escribir la primer palabra que se venga la mente, luego pensar tres palabras más relacionadas. Luego 3 más que no lo estén, y por último, hasta llegar a 11 palabras en total, pensar las restantes.
A esas palabras, incorporarlas en un cuento/relato que puede (o, mejor dicho, debe) ser un completo delirio.

Estas fueron las palabras que salieron de mi mente en ese momento:
1) agua, sed, desierto, mar.
2) macabro, austero, corazón.
3) bombero, perverso, cadencia, muerte.

Les dejo el resultado ^_^
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Sueño sediento

El agua vino a mí. No porque lo hubiese pedido, claro, sino porque fue tal la sed que sentía que todo mi cuerpo se deshidrató. El desierto era un poroto al lado de lo seca que había quedado mi piel.
«¡Qué suerte que vivo en la costa!», fue un pensamiento que me alcanzó con esperanza. El tema fue que al llegar a ella, observé que el mar ya no estaba.
—¡Qué hijo de puta! ¿Cómo que el mar se fue? —grité con todo el corazón. Fue macabro ver cómo la tierra seca, que se cernía sobre mí, se abría con una cadencia extraña. Era un abismo repleto de llamas en las paredes. Súbitamente, un rostro flamígero se mostró perverso ante mis ojos y sentí cómo la muerte me llamaba con cierto regocijo. Me arrastré como pude, ya que del miedo tropecé y no pude volver a levantarme.
Tuve la suerte de que un bombero pasó por ahí y se acercó. El hombre, sin preguntar, sacó un vaso de su sombrero, lleno de un líquido amarillento, y me lo lanzó a la cara. El cristalino líquido, pese a ser tan austero dada mi condición, apagó las llamas y sentí gran alivio al notar cómo las gotas recorrían todavía mi cara.

Desperté, tirado en la playa, rodeado de botellas y con un perro a mi lado que parecía haber terminado de marcar territorio.

lunes, 6 de mayo de 2013

El Sastrecillo Cobarde

Este relato lo escribí para un reto en el foro fantasiaepica.com, cuya temática era escribir un "cuento infantil alternativo". Fue así que recaí en uno de los clásicos de los hermanos Grimm para hacer una parodia (con previa lectura antes de escribirlo).
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En los tiempos turbulentos es donde nacen los héroes. O eso es lo que creía nuestro joven protagonista, en sus propios grandes de soñanza... perdón, sueños de grandeza. Un agradable muchacho, amigo del hilo y la aguja, de coser y de beber; y, sobre todo, muy amigo de este último. Casi, diría, amigos íntimos. Mejor dicho: hermanos. En fin, un borracho despreciable.
Pero, aunque sea despreciable, ese desprecio era porque no valía un penique. Directamente, trabajaba gratis. Al trabajar gratis su trabajo dejaba bastante que desear... mejor dicho, ni siquiera se podía desear algo al ver sus costuras. Ni siquiera una nimiedad, un anhelo. Nada.
A pesar de esto, y de ser bajo en estatura, su espíritu se mantenía erguido e inquebrantable. Es por eso, que al ver a la dama que llevaba las mermeladas y cantaba con buen ritmo “mermerladaaaas, compre sus mermeladaaaas”, se dio el lujo de desayunar como los reyes. Entonces la llamó:
—¡Hermosa dama! Por aquí, acérquese, que hoy quiero desayunar como un rey.

domingo, 28 de abril de 2013

El Coleccionista


Este relato lo escribí para un reto en el foro fantasiaepica.com, cuya temática era escribir un "relato detectivesco". Como mi base de lectura era pobre en este género, decidi escribir una parodia mezcla entre Sherlock Holmes y el super agente 86.
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El viaje en el Eurostar me había aclarado la mente. Me encontraba preocupado, nervioso; pero al llegar a Londres, la ansiedad empezó a ganar terreno. Conocer al único y genial Sir Nicholas J. Murray, el detective más famoso del mundo —según la prensa amarillista inglesa— suponía un paso en mi carrera que nunca hubiera creído posible. El hombre era una leyenda, tenía cientos de casos resueltos, a pesar de que alguno que otro quedó inconcluso o cerrado de manera extraña, y, según decían, vivía a las afueras de la ciudad, en un pueblo pequeño cuyo nombre ni vale la pena mencionar.