domingo, 28 de abril de 2013

El Coleccionista


Este relato lo escribí para un reto en el foro fantasiaepica.com, cuya temática era escribir un "relato detectivesco". Como mi base de lectura era pobre en este género, decidi escribir una parodia mezcla entre Sherlock Holmes y el super agente 86.
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El viaje en el Eurostar me había aclarado la mente. Me encontraba preocupado, nervioso; pero al llegar a Londres, la ansiedad empezó a ganar terreno. Conocer al único y genial Sir Nicholas J. Murray, el detective más famoso del mundo —según la prensa amarillista inglesa— suponía un paso en mi carrera que nunca hubiera creído posible. El hombre era una leyenda, tenía cientos de casos resueltos, a pesar de que alguno que otro quedó inconcluso o cerrado de manera extraña, y, según decían, vivía a las afueras de la ciudad, en un pueblo pequeño cuyo nombre ni vale la pena mencionar.

Al bajar del taxi e ir a la estación de policía, la recepcionista me derivó a una dirección donde Sir Murray se encontraba trabajando en un caso. La prensa lo llamó “El Coleccionista”. Ya era la quinta muerte de un fan de la saga de Star Wars en lo que iba del año, y los hechos, según leí en un periódico, seguían un patrón parecido. Este fue el motivo principal de mi viaje, ya que estaba realizando mi tesis para el doctorado en criminología. El consejo vino gracias a la gran amistad que el rector de la universidad tenía con Sir Nicholas.

Llegué a la casa. Un oficial, con un curioso rostro similar a un bulldog entristecido, me recibió ante el cordón policíaco.
—Estamos trabajando, señor, no hacemos declaraciones.
—¿Declaraciones? —pregunté sorprendido—. Disculpe, pero no soy periodista. He venido a ver al detective Murray. Me envía el rector Sarrión de la Universidad de Barcelona. —Le tendí la nota al policía, que me miraba de mala gana.
La leyó. Bueno... “leyó”, le echó una ojeada, asintió levemente y me hizo un gesto para que pasara. Según leí en el informe que me había dado la recepcionista, la víctima fue encontrada muerta sobre el teclado de su computadora.
Me paré bajo el pórtico de la entrada del departamento en cuestión y vi al detective en su salsa; analizando, aparentemente, huellas en la biblioteca. Advirtió mi presencia al instante.
—Ven muchacho, acércate —me dijo. Noté que era más viejo de lo que tenía en mente, parecía tener más de 70 años, toda una leyenda viviente. Hablaba muy buen español. Siguió diciendo—: Debes ver con tus ojos esta maravillosa figura de Luke Skywalker; con su primer traje, original en su empaque, del año... —Bajó su mirada, parecía que observaba un... empaque de un... ¿muñeco?— ¡1977! ¿Dios, cuánto puede llegar a valer?
—Errmm...—Sí, me había desconcertado. Traté de encauzar la conversación—: Sí, es muy... bueno, señor. Me ha enviado el rector de...
—Sí, sí, joven, lo sé. Eres el argentino que viene a intentar ayudarme. El viejo Sarrión... ¡Si nos habremos divertido en nuestros días de gloria!
—Bueno... —dudé por un instante. Este viejo no parecía tan lúcido ni se asemejaba a la imagen que tenía en mi cabeza—. Sí, él. La cuestión es que me envió para realizar mi tesis acompañándolo en su trabajo diario, y... aprender de usted.
—Bien, bien. —Chasqueó su lengua, al darse la vuelta su rostro arrugado mostraba astucia; demasiada para mi gusto. Un brillo vil en los ojos me dejó intrigado, y continuó—:¿Quieres ver a los sospechosos? Están en la otra habitación, detenidos por orden mía. Quiero que los interrogues, yo enseguida iré.
El viejo no me siguió al instante ya que seguía ensimismado observando los distintos muñecos de La Guerra de las Galaxias, y murmuraba cosas del tipo “¡Está buenísimo!” o, incluso algo que me sonó un poco turbio: “este me lo llevo”. En fin, no era lugar donde meter mis narices.

Entré en la habitación y había tres personas. Uno que parecía un... ¿mayordomo? Sí, supongo que un mayordomo. Con esos bigotes finos me recordaba a Alfred, el de Batman. A su lado, un joven bastante bajito y con una cara de nerd galopante: anteojos, granos y aparatos en sus dientes combinaban de manera armónica. Y por último había una mina que estaba tremenda; de vestido carmesí y ajustado, cabello color rojo fuego; haciendo juego con unos labios pintados del mismo tono... ¡Madre mía, era hermosa! Me perdí en su silueta y me quedé mirando a sus dos grandes amigas que sostenían al vestido de manera... perfecta. Noté que había perdido el control de mis ojos, ya que al preguntar algo al mayordomo, ellos no cambiaron de objetivo.
—Y, cuénteme, señor...
—Charles Baxton, es un placer.
—Muy bien, señor Baxton... —Mis ojos volvieron en sí. Por un instante ví a la increíble mujer sonreír lascivamente. Dios, mi mente estaba volando. ¡Basta! “¡Vuelve a concentrarte, Oscar!” me dije y continué—: Una pregunta ¿Qué estaba haciendo usted en el momento en que la víctima murió?
—Le estaba sirviendo el té a su amigo. El joven señor estaba terminando una partida en su PC de ese juego de rol que lo tenía noches enteras en vilo. Me cuesta... perdón, costaba...
Sus ojos lagrimearon y su boca tembló. Je... Parecía una caricatura... Tuve la sensación de que era el asesino. Seguí escuchándolo igual—: ...costaba sacarlo de ahí. A veces se ponía muy grosero conmigo y me sacaba de mis cabales; aunque recordaba a sus padres que lo dejaron a mi cargo y yo me resignaba a seguirle la corriente.
¡Ajá! Lo pensé y me lo repetí en mis adentros; tiene toda la pinta de ser el asesino. Pasé entonces a la pequeña rata de laboratorio.
—Gracias, señor Baxton. Muchacho. Tú, el de las gafas, ¿Cómo te llamas?
—Pepe Lenard, detegtive.
Por un momento me atraganté con mi propia risa. Secándome las lágrimas que apenas habían salido, me recompuse.
—Disculpa, has dicho ¿Pepe... El Nerd?
—No, detegtive. Pepe LE NARD. Soy de una famiglia fgansesa, disculpe mi acento.
—No hay problema, Pepe. Pero recuerda que el detective es el señor Murray. Bueno, sigamos: ¿Qué estabas haciendo cuando murió tu amigo?
—Yo estaba espegándolo en la otra habitación, mientras tomaba la infusión que me había segvido su mayogdomo. De guepente escuchamos un fuegte golpe, y, cuando entgamos a la habitación, estaba tigado sobge el teclado con espuma en la boca y la ventana abiegta.
Mmmm, cuántos datos. Debía de ser el cómplice. La joven, pensé, tenía toda la pinta de ser inocente. Y el viejo seguía sin aparecer.
—Muy bien. Esperen un segundo que voy a buscar al detective. Ya sigo con usted, señorita...
—Calandria. Eva Calandria.
¡Y tenía voz celestial! Madre mía...
En fin, en ese instante fui a hablar con el viejo. Estaba... jugando con unas naves mientras imitaba el sonido de los propulsores con la boca. No, definitivamente me di cuenta que este viejo no había tenido infancia. Pensé en aprovechar eso... ¡Era mi oportunidad de resolver el caso y conseguir esos puntos para la tesis! El gordo Sarrión sabía dónde me metía cuando me ofreció esta oportunidad con su amigo.
El viejo me escuchó entrar, y dijo:
—¿Y? ¿Ya sabes quién fue su asesino?
—Todavía me falta preguntarle a la joven Eva, pero creo que el culpable es el mayordomo, y su cómplice es el muchacho de anteojos.
—Eres un genio. Ahora podremos terminar esto de una buena vez. De todas formas, pregúntale algo a la joven, para que no parezca que lo estás suponiendo en base a haber jugado mucho al Clue.
—Sí... —Me pregunté cómo lo supo. Justamente mi tesis se basaba en que con ese juego se podía desentrañar hasta el más difícil de los casos. Pero era un secreto. En fin, eso no importaba en ese momento, así que no dije nada.

Esa vez me acompañó. Entramos y la bella escultural seguía de pie; mis ojos se descontrolaron de nuevo. Le pregunté, sin subir la mirada, la misma cuestión que le había hecho a los otros dos. Ella sonrió y me contestó con un tono salvaje y sensual a la vez, no me pidan que repita el tono porque sería imposible para mis cuerdas vocales:
—Él me había llamado, necesitaba una... compañía especial. Según me dijo por teléfono, ya estaba cansado de salir con mujeres goblins y orcas. Y mucho más con las tuai-leks, o algo por el estilo. No entendí muy bien, pero accedí. Mi tarifa es muy alta, y él estaba dispuesto a duplicarla. Cuando llegué ya había pasado todo esto.
—Muy bien, queda usted en...
El viejo levantó la mano, temblorosa, en señal de que me detuviera. Expectante, esperé lo que tenía para decir. De seguro era una conclusión mucho más astuta e ingeniosa de lo que yo había pensado hasta el momento.
—Puedes irte, preciosa, aunque... debes dejarnos tu tarjeta, para... futuros interrogatorios. Por si las dudas.
¡El viejo libidinoso le pidió la tarjeta! La prensa lo debería llamar el “detective más grande del mundo” por su líbido, no por su intelecto. ¡Qué decepción sentí! ¿Cómo se suponía que aprendería de él?
—Entonces —continuó el anciano caballero; no podía ser que la reina hubiera nombrado Sir a un hombre así... aunque ya nada me sorprendía a esas alturas—, el culpable tiene que ser uno de ustedes dos. Tú, el mayordomo, has dicho que estabas algo molesto con él.
—Sí... pero, no como para matarlo. Si bien siempre me había tratado mal y nunca ha sabido comportarse educadamente; cosa que me irritaba, no lo hacía a menudo. Sería demasiado, señor detective. Solo sé servir el té a la hora adecuada y conseguir los mejores precios cuando voy de compras.
—¡Ajá! Lo tengo justo donde quería —Su grito me sobresaltó, ¿A dónde iría Sir Nicholas? Seguramente me taparía la boca con una conclusión contundente —: ¿Dónde compra usted la verdura? Porque donde yo la compro es de lo más cara.

En ese momento pensé que me estaba volviendo loco. El viejo me sacaba de quicio... En mi mente insistía con la idea: ¿cómo era posible que hubiera sido nombrado Caballero de la Reina de Inglaterra una persona tan pusilánime?


*** Resolución del caso ***


Tras oír la respuesta del mayordomo el viejo anotó en una libretita la dirección del mercado. El joven nerd parecía nervioso mientras escuchábamos la charla idiota entre ambos vejestorios. Parecían dos señoras en la peluquería... ¡qué imagen bizarra! Aunque... Los nervios del muchacho de anteojos lo llevaron a empezar a rascarse el cuello de manera sobreactuada. Me resultó raro.

—¿Te pasa algo, muchacho? —le pregunté.
—Sí, me pone mal que hayan dejado escapag a aquella mujeg. Es clago que ella ega la asesina.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Tiene todos los signos que ella espegaba gobag vagios tesogos que mi amigo John guagdaba. Tesogos de valog incalculable.
¡Epa! El nerd sabía de tesoros guardados y de mucho valor. Por un momento, solo por un instante, el brillo vil de los ojos de Sir Nicholas volvió.
—¿De qué tesoros hablas, hijo? —le preguntó finalmente el viejo.
—Vamos, se los mostgagué.
Y nos dirigimos todos juntos a la habitación de la víctima, donde hasta hacía unos minutos estuvo jugando el anciano en su demencia. El nerd abrió un gran placard, en el que yo esperaba encontrar gran cantidad de ropa. Sin embargo, solo había enormes estantes protegidos con vidrios, los cuales estaban... vacíos.
—Pero, pero... ¡debeguían estag aquí!
—Si, sí, claro —dijo el viejo, poniendo los ojos en blanco. Me lanzó unas esposas para que se las colocase al muchacho, quien quebró en llanto. El mayordomo seguía con los ojos acuosos; parecía ser alguien muy sentimental.
—¡Espeguen! ¡No pueden culpagme! ¡Soy inosente! ¡Ahoga que muguió John segué finalmente el lídeg de la Hegmandad de los Elfos! ¡Y también el Logd Sith más podegoso! ¡El mejog de todos!
—Ya, muchacho, cálmate —le dijo el viejo. Pensé, por un momento, que quizás lo perdonaría; el nerd no parecía culpable después de todo—. En la cárcel hay internet, y pediremos que puedas seguir jugando tranquilamente.
¡Esto es el colmo! Y ahora va y culpa a un sospechoso sin pruebas concluyentes para salir airoso del caso. Pasó todo demasiado rápido, y lo que estoy pensando es que el mayordomo finalmente... ¿Se queda con la casa? ¡Se queda con la casa! ¡Claro!
Cuando nos fuimos, vi como el viejo detective saludó al señor Baxton y este, de manera sutil, le entregó un sobre abultado en su mano. Nicholas lo guardó en su sobretodo. El mayordomo ya no parecía tan sentimental ni bobalicón, sino, alguien muy superficial y taimado.
—El mayordomo es el culpable. ¡Lo sabía! El Clue nunca me falló.
—Sí, muchacho, pero lo que acabas de aprender es que no siempre el verdadero culpable es el que más conviene a la causa y a nuestros intereses. Mucho cuidado. No debes pronunciar palabra que contradiga en algo a esta conclusión; de lo contrario, el siguiente culpable podrías ser tú. ¿Quién sabe?

Medito con pesadumbre, tras la terrible verdad de este mundo en el que vivimos, y no pude evitar sentirme decepcionado. Sin quererlo, miré el asiento trasero del auto en el que viajábamos. La cantidad de muñecos y naves de Star Wars era inmensa. El viejo finalmente se había llevado todo. ¡Hijo de...! Tratando de verle el lado positivo; por lo menos tenía la tesis del Clue comprobada con el primer caso, aunque seguramente el juego lo tenga que guardar.

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