lunes, 6 de mayo de 2013

El Sastrecillo Cobarde

Este relato lo escribí para un reto en el foro fantasiaepica.com, cuya temática era escribir un "cuento infantil alternativo". Fue así que recaí en uno de los clásicos de los hermanos Grimm para hacer una parodia (con previa lectura antes de escribirlo).
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En los tiempos turbulentos es donde nacen los héroes. O eso es lo que creía nuestro joven protagonista, en sus propios grandes de soñanza... perdón, sueños de grandeza. Un agradable muchacho, amigo del hilo y la aguja, de coser y de beber; y, sobre todo, muy amigo de este último. Casi, diría, amigos íntimos. Mejor dicho: hermanos. En fin, un borracho despreciable.
Pero, aunque sea despreciable, ese desprecio era porque no valía un penique. Directamente, trabajaba gratis. Al trabajar gratis su trabajo dejaba bastante que desear... mejor dicho, ni siquiera se podía desear algo al ver sus costuras. Ni siquiera una nimiedad, un anhelo. Nada.
A pesar de esto, y de ser bajo en estatura, su espíritu se mantenía erguido e inquebrantable. Es por eso, que al ver a la dama que llevaba las mermeladas y cantaba con buen ritmo “mermerladaaaas, compre sus mermeladaaaas”, se dio el lujo de desayunar como los reyes. Entonces la llamó:
—¡Hermosa dama! Por aquí, acérquese, que hoy quiero desayunar como un rey.
La señora se acercó, a paso agitado por el peso que sostenía en la canasta, y al verla de cerca pudo descubrir la sombra de su barba naciente.
—¿Como me dijiste, enano? Más te vale que me hagas una buena compra. —le dijo con una voz gruesa y temeraria.
Se quedó pálido del susto al ver al fornido hombre vestido de mujer increpándolo de esa manera. No dudó un instante en lo que tenía que hacer.
—Claro, claro. Quiero cuatro gram.. kilos. Cuatro kilos, por favor.
El hombretón sonrió, le dejó cuatro potes y al estirar la mano para esperar el pago, sucedió algo sorprendente... aunque no tanto para el vendedor.
—¡Que sorpresa! —dijo el sastrecillo, “sorprendido”— me he olvidado mi bolsa con el dinero en casa. Voy a tener que...
No pudo terminar la frase cuando el vendedor dejó a un lado la canasta, lo alzó como una bolsa de papas, le dio un buen puñetazo en la mandíbula y lo tiró contra la pared. Registró todo el lugar pero se dio cuenta que perdía el tiempo. El enano no tenía una libra por ningún lado, por lo que se fue a seguir vendiendo, dándole una patada en el estómago al joven sastre antes de marcharse.

A la hora, el sastrecillo recuperó la conciencia. Tenía una sensación extraña en la boca, y tras buscar un poco con sus dedos, escupió varias veces unos dientes partidos. Fueron siete en total. Viendo esto, creyó que no sería bueno andar explicando qué le sucedió, por lo que se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó la frase: “SIETE DE UNA VEZ”.

Por miedo a que volviera el vendedor travesti de mermeladas, cerró por unos días su... “negocio” y se dispuso a viajar. Tomó sus pocas pertenencias, una bota con vino —para calmar el dolor, claro está, no sean mal pensados— y se encaminó por la ruta contraria por donde había ido el hombre de la peluca rubia. Tras un trecho de ruta, por su nerviosismo de ir observando que nadie lo siguiera, se perdió de ver un importante letrero que lo hubiera prevenido: “Atención, zona de gigantes (guarda que son irritables)”.
Continuó el camino, ascendiendo por una pendiente, hasta alcanzar la cima de un monte. Se sentó sereno para observar el paisaje y dar unos sorbos a su bota. De repente, todo se ensombreció a su alrededor y, extrañado, alzó la vista: ¡El susto que se pegó al ver al gigante mirándolo con cariño!
Astuto por donde se lo mire, le dijo:
—¡Hola, señor gigante, a usted lo estaba buscando!
—¿A... a mí? Si bien soy señorita, me intriga para qué me busca alguien como tú —le preguntó, mientras el brillo de su gran ojo mostraba cierta fascinación por el tambaleante muchachito. Al escuchar “señorita”, su voz tembló más que su cuerpo.
—Claro, a usted. Quien mejor que usted para... para... bajarme ese panal de ahí. Tengo un poco de hambrita.
Y, con una sonrisa infantil, le señaló un panal de abejas que se encontraba en la copa de un árbol. La giganta miró al panal, lo miró al pequeño sastrecillo y, veloz como un rayo, lo sujetó con una mano fuertemente. Lo puso a la altura de su ojo.
—“SIETE DE UNA VEZ” —leyó en voz alta la giganta. Encantada, siguió—: si puedes con siete al mismo tiempo, ya mismo voy a llamar a mis seis hermanas. Me intrigan tus... “cualidades”, joven humano. Espérame aquí, te bajaré tu panal y vuelvo en poco tiempo.
Fue así, ante la mezcla de sensaciones en el sastrecillo que incluían: miedo, expectativa, intriga, y un poco de ganas de vomitar; luego de que la giganta lo bajara, cuando vio como ella tomó el panal, las abejas la atacaron furiosamente en su ojo. La pobre enorme dama, dolorida y con el ojo casi ciego, se tropezó y cayó tan fuerte al suelo que una roca golpeó en su nuca y se le clavó. El sastrecillo no esperó a que llegaran sus hermanas, lógicamente. Salió corriendo con todas sus fuerzas y al rato logró salir del bosque.
Se encontraba tan cansado, agotado, y asustado, que las náuseas se profundizaron y tras lanzar un asqueroso chorro líquido, cayó inconsciente en el suelo. Para su sorpresa —que vendría después de despertar, claro—, su desmayo ocurrió en los jardines de un castillo real.

Algunos nobles del reino se toparon con el muchacho, quien continuaba durmiendo su siesta tranquilamente sobre su vómito. Lo primero que pensaron es que resultaba ser un vagabundo, pero pronto se percataron de su cinturón bordado y lo leyeron en voz alta: “SIETE DE UNA VEZ”.
—¡Madre mía! —dijo uno de ellos—. Estamos ante un feroz caballero, un temible titán, un david que puede derrotar a un goliath, un...
—Si, si, ya te entendimos —lo interrumpió otro, quien se había hartado ya, hace tiempo, de las peroratas del noble charlatán, y continuó haciendo una pregunta—: ¿Creen que debemos avisarle al rey?
—No creemos —dijo el primero—. ¡Debemos!
Y se fueron presurosos a avisarle al monarca. A todo esto, el sastrecillo estaba en el medio de un sueño revoltoso con muchas gigantas embadurnadas en miel.

El rey mismo quiso ir a verlo en persona, no podía creer lo que había oído. Fue junto a sus súbditos y encontraron al sastrecillo justo despertando. El soberano fue claro:
—Quiero que elimines a la jefa de la hermandad de gigantes que nos azota en el bosque. Si eres capaz, te prometo la mano de mi hija como prueba de que eres el único caballero respetable. Espero haber sido claro.
El muchacho tenía un vago recuerdo. ¡En serio! Recién despierto, su mente se hallaba en un callejón sin salida entre su último sueño y lo que le estaba ocurriendo en ese momento.
Solo atinó a decir:
—¿Usted habla de la giganta que maté en el bosque?
Un silencio espectral se hizo entre el rey y la nobleza. La sorpresa los tomó desprevenidos, haciendo honor a su nombre—digo, al nombre de la sorpresa, claro—, por lo que tras murmurar entre ellos tomaron una decisión:
—Muy bien, te casarás con mi hija. Pero, si quieres heredar la mitad de mi reino, deberás frenar de algún modo al unicornio salvaje y enfurecido que está en el bosque, quién está haciendo estragos en el mismo.
«¿Mitad de un reino? ¿Por frenar a un unicornio? ¿Cuan furioso puede estar? ¿Que tengo para perder? ¿Qué hora será? ¿Y eso qué tiene que ver?».
Todo eso pensó el pequeño sastrecillo y, antes de marcharse al bosque, dijo: —¡Acepto!

Dando saltos de alegría, silbaba tratando de ubicar al unicornio. Finalmente, llegó a un lago el cual se encontraba en el medio de un lugar de ensueño. Se dio cuenta que tenía sed y, ya que quería reservarse lo que quedaba en su bota para después, tomó un poco de agua. Agachado, a orillas del lago, vio en el reflejo que tras de él, un caballo blanco con un cuerno azul gruñía cual perro rabioso. El sastrecillo, con temor y sigilo, se fue alejando muy despacito hacia el costado, sin perder de vista al feroz corcel. Sí, se fue moviendo con sigilo y no sin torpeza, ya que se tropezó a los pocos metros de retroceder. En su caída, la bota con el vino salió volando y se clavó en el cuerno de la bestia. El líquido se vertió por el rostro, mojando sus ojos y entrando en gran medida por el hocico.
Dejándolo, entonces, con la vista nublada y bastante ebrio, el animal mítico, que tenía poca cultura alcohólica, se enfrentó furioso contra una roca y la embistió —creyendo en su estado que era el sastrecillo. El cuerno se partió junto al cuello de animal, quien cayó muerto al instante. Como era lógico, el joven se había estado tapando los ojos mientras esperaba lo peor. Cuando oyó el golpe, los abrió y, asombrado, vio que el animal yacía muerto a su lado. Sin dudar un instante, tomó el cuerno del suelo y salió corriendo en búsqueda de los nobles.

Al llegar les mostró el cuerno. Los vítores que recibió fueron grandes y el rey no podía creerlo. Al finalizar las aclamaciones, el soberano le dio la bienvenida a su familia. El sastrecillo se fue con ellos, pero temiendo a dónde lo llevaban. Sin embargo, les siguió la corriente.

Los nobles junto al rey arribaron al gran castillo primero, ya que en el camino, y sin darse cuenta, se les acabó el agua... por lo que el sastrecillo no pudo continuar siguiéndolos y se perdió en un laberinto sin remedio. «Sin Remedio» pensó el joven, a quien se le vino a la mente su joven prima llamada Remedio. ¡Que bella era! Pero no venía el caso. Buscando concentrarse, se frenó en donde había quedado. Miro frente a él y la encontró: “Concentrarse. Vea hacia su izquierda” leyó en un cartel. Miró hacia ahí y halló la salida. Pasó por la misma, y continuando por un sendero alcanzó la puerta del castillo. Golpeó tres veces, y tres veces el sonido retumbó. La puerta rechinó al abrirse y allí estaban, decenas de personas corriendo por los pasillos, llevando de aquí para allá adornos y guirnaldas. ¡Estaban preparando la boda!
Hubiera estado encantado de participar de no haber visto a la novia, buscándolo desesperadamente: ¡Pero si el travesti de la mermelada era más lindo! ¡Que espanto de la naturaleza la hija del rey! Astuto y sagaz como siempre, gracias a que de la borrachera no quedaba registro, se dispuso a salir corriendo del lugar... pero era tarde. Ya habían cerrado la puerta.

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