domingo, 16 de junio de 2013

La Dragona Delivery

Dado el segundo aniversario del Dragón Lector, el círculo de lecto-escritura del que formo parte en el foro fantasiaepica.com, se propuso un regalo por parte de los usuarios con un relato usando dos o tres de los siguientes personajes (propuestos por los miembros más antiguos del dragón):

PERSONAJES
Azajáris: Un extraterrestre que le gusta comer manzanas rojas.
Junior: Una dragona llamada Azajáris con más paciencia que un santo.
Orco: Un mago al que le gusta la comida rápida y que siente una gran pasión por el travestismo.

Les presento entonces, lo surgido con tales personajes:

***

Cumpleaños del Dragón Lector: La Dragona Delivery

—Llegaste en un mal momento, Alfred —dijo con voz gruesa la voluptuosa rubia cuando se abrió la puerta, y un extraño ser se asomó por ella.
—Errmmmmm... —Fue lo único que atinó a gesticular al ver a su socio, aquel con el que hizo tantos trabajos dispares a lo largo de su carrera, sacándose el vestido de dama victoriana color “amarillo patito”.
—¡Bueno, pero como si no hubieras visto algo así en tu mundo! Ahora, no te quedes así; con esa cara de bobo, y vení a ayudarme con el corset.
Alfred, o “el alien” para los vecinos; un extraterrestre verde, redondo y con un gran ojo en el medio, se atragantó con el pedazo de manzana roja que venía masticando. La repugnancia que sentía era total. Quizás suene exagerado, pero ver a un un hombre gordo y sobradamente velludo, con fieros bigotes mal cortados, peluca rubia con rulos que hacía acordar a los jueces ingleses del parlamento, y un corset —que le ajustaba jodidamente la panza— acompañado por unas bragas demasiado pequeñas para guardar... bueno, para guardar lo que tenía que guardar, y disculpen la repetición pero me da retorcijones seguir describiendo esta imagen.


En fin, tardaron un rato ya que costó sacar al mago de su vestimenta, pero lo lograron. El hombretón rápidamente se vistió con su atuendo normal, y le explicó a su amigo alienígena porque estaba tan apurado.
—Escuchame bien, en cualquier momento viene una cliente que me llamó por teléfono, interrumpiendo mi momento de... meditación, y tenemos que estar en nuestra mejor posición para convencerla de que nos contrate.
—Esta bien, pero hace como un año que no nos llama nadie. —Le recordó el alien, fiel a su estilo descarado, mientras tomaba otra manzana de su bolso.
—Te gusta fregármelo por la cara, eh! ¡Te dije que fue un error! ¡Ya te pedí disculpas! Nunca más me meteré en la casita de una niña con su padre, el día de su cumpleaños.
—(Maldito depravado).
—¿Cómo dijiste?
—¡Que ahora sí estas bien parado!
DING, DONG.
—¡El timbre! —grito el hombre robusto.
—¡Menos mal que me avisaste! (idiota) —dijo por lo bajo Alfred, y fue a abrir.
—¡¿Cómo?!
—¡Que me faltaba una ojota! Cada vez más sordo estás.
«Este me toma el pelo, aca veo clarito que lleva zapatos. Curioso como se ven los mocasines en esas piernas verdes lampiñas...» pensó el mago, mientras aguardaba a que la puerta se abriese.
En el otro lado, una dragona enorme estaba tocando el timbre insistentemente. La puerta de la oficina tenía un cartel que decía: “Mago, curandero, adivinador, prestidigitador, detective, transformista.. perdon, transformador”. Le llamó la atención que en el mismo cartel se corrigiera; no le dio buena espina, “para algo existía el liquid paper “se dijo. Pero no le quedaba mucho tiempo así que entró ni bien un enano verde con un solo ojo le abrió la puerta.
—Buenas tardes, mi nombre es Azajáris, y he venido a ver al mago.
A la dragona le resultó gracioso como al enano redondo le quedó la mandíbula exageradamente abierta. Lo digo así porque realmente fue estrafalario: le llegaba al suelo. Se ve que era la primera vez que veía a un dragón.
—Mi... —atinó a decir el alien con lágrimas en los ojos— Mi... pie. Dolor.... Pisar... Salir...
Aza, como la solía nombrar su familia, se sonrió pensando en lo gracioso que era ese tipejo. Luego siguió caminando y finalmente sacó el pie de los piecitos a Alfred, cuya mandíbula volvió a su lugar al instante.
El mago la vio entrar y se encandiló. Lo primero que hizo fue abrazarla, y al segundo, le preguntó “si lo había traído”, casi en un susurro.
—Sí, señor —dijo la dragona—. Se lo traje, me costó atraparla, porque era demasiado rápida. Pero volando y con fuego la acorralé y la capturé. ¡He aquí su comida!
Y la dragona le tendió un paquete que tenía una hamburguejas al vapor, las cuales eran su comida rápida preferida.
—Son 500 sarfandak —y Azajáris tendió sus garras esperando el pago.
—Ufff, estoy medio seco. Por favor Alfred, dale el dinero, prometo pagártelo la semana entrante.
Alfred, malhumorado, volvió, junto los 500 sarfandak de un saco que estaba colgando y le pago a la dragona-delivery.
Finalmente, ella se despidió haciéndole acordar algo al mago:
—Bueno, me voy. Me esperan mis hijitos. Por favor, recuerda que me prometiste que irias a leerles un cuento...
—Por supuesto —le respondió el mago mientras tragaba media hamburgueja—, vaya si me gustará contarles historias a aquellos geniales dragones escritores...
El alien se restregó la mano por la cara; va, por el ojo cerrado digamos, mientras dijo: —Lectores, son Dragones Lectores (¡¡Qué tipo!!).

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